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miércoles, 16 de mayo de 2012

HOMENAJE-CONFERENCIA A CÉSAR VALLEJO EN CHICLAYO

 INVITACIÓN ESPECIAL


LA FISCALÍA AMBIENTAL ESCOLAR DEL GLORIOSO Y SESQUICENTENARIO COLEGIO NACIONAL DE "SAN JOSÉ" DE CHICLAYO Y EL CLUB DE LEONES "LOS PARQUES" DE CHICLAYO, SE COMPLACEN EN INVITAR A USTED MAESTRO (A) SANJOSEFINO (A) Y LAMBAYECANO (A) AL HOMENAJE-CONFERENCIA "SOBRE LA VIDA Y OBRA DE CÉSAR VALLEJO MENDOZA" Y LA PRESENTACIÓN DE LA ANTOLOGÍA POÉTICA "MIL POEMAS A VALLEJO" DEL POETA CHILENO ALFRED ASIS.

DÍA        : 23 DE MAYO DE 2012
LUGAR  : AUDITORIO DEL COLEGIO MÉDICO-LAMBAYEQUE,EN
                AV. SALAVERRY 270 CHICLAYO
HORA   : 6:00 PM

                                                                                                 Vallejianamente,
                                                                                          Fiscalía Escolar Ambiental

 "HAY HERMANOS MUCHÍSIMO QUE HACER"



miércoles, 20 de abril de 2011

POEMA 10

Y nosotros esperaremos aquí
hasta que venga la muerte
y no nos correremos.

Moriremos de pie
como los árboles
como el faique,
como el algarrobo.

Nuestros esqueletos
seguirán parados muchos años,
hasta que hueso por hueso
se caerán ruinosos.

Vendrá el sol,
vendrá la sequía,
vendrá el rodillo caliente,
y molerán nuestros húmeros,
nuestras vértebras,
nuestras costillas,yY nuestras calaveras
se volverán polvo
polvo, polvo, polvo,
y todo quedará polvo
para que la mano del viento
lo tire por el cosmos.

Por Darío Hernández Quiroz

miércoles, 9 de marzo de 2011

Gloriosa San Juan de la Frontera

Oh gloriosa San Juan de la Frontera
Aún se oyen las campanas de tu son
Aún se oyen el trinar de los clarines
Cual latidos de un solo corazón

Oh gloriosa ciudad de Chachapoyas
Guardas siempre en tus áridas praderas
Legado histórico de penas y de glorias
Luz de luces, erial de mil historias

Se oye el graznido a lo lejos el galope
De caballos adiestrados en el surco
Allí lucharon y murieron los valores
En las pampas legendarias de Higos Urco

Eres tú San Juan de la Frontera
Tierra de hombres y mujeres hermosas
Tierra de Huancas indómitos guerreros
Como Matiaza, los Kuelap y otros más

¡Ya es hora! … que despierten los leones
El letargo no puede continuar
Que se enciendan en los campos de Amazonas
Lumbrera incomparable de tu sol.

Que se canten más himnos de gloria
Y se olviden gritos de dolor
Que se emerja del fango escondido
La grandeza, la paz y el amor

Por. Oscar Salazar Arce, Poeta Amazonense
Del Poemario Vientos Huracanados

miércoles, 16 de febrero de 2011

Diario La Industria difunde logros de ECOPOESIA SAN JOSE 2010



Publicación de la Industria del día 14 de Febrero del 2011.

lunes, 24 de enero de 2011

ECOPOESIA SAN JOSE - 2010

Por William Piscoya Chicoma
Miembro de la Asociación Provincial de Poetas de Ferreñafe.

Con el título de Benjamines Sanjosefinos Cantándole a la Vida y al Planeta, con la denominación global de Ecopoesía San José 2010, y con el auspicio del Club de Leones Los Parques de Chiclayo y la Fiscalía de Prevención del Delito en Materia Medio Ambiental, Kathy A. Gonzáles Cruz y José R. Primo Bonilla -docentes del centenario y emblemático Colegio Nacional de San José-, acaban de publicar el resultado de un trabajo, ciertamente, relevante: el Primer Concurso de Poesía Ecológica (Ecopoesía 2010), realizado entre noviembre y diciembre del pasado año.
El mencionado evento literario realizó, en el sesquicentenario chiclayano, algo que ya no es muy habitual en nuestro tiempo: la participación, de los estudiantes de todos los Grados del Nivel Secundaria, en una competencia poética y -dicho sea con énfasis y suma complacencia- con temática muy especial: la ecología. Y es que, verdaderamente, en la actualidad, resulta muy difícil convocar a casi todo un colegio, de la dimensión del Coloso del Norte, en un torneo literario, específicamente, lírico, y -valor al mérito de los organizadores Kathy Gonzáles y José Primo, y de los docentes asesores- con orientación e intencionalidades eminentemente medioambientalistas. El resultado: un libro materialmente hermoso y, lo que es más afortunado aún, con la presentación de un conjunto de benjamines poéticos de grandes talentos que, desde ya, se constituyen como las nuevas y auspiciantes voces líricas de nuestro territorio lambayecano.

Benjamines Sanjosefinos es, desde el punto de vista de la promoción literaria, una flagrante realidad y, desde el ecologista, toda una promesa de movilización de conciencia medioambiental juvenil, que nos llena de ilusiones y nos instiga a creer, no sólo en la posibilidad del forjamiento de una nueva pléyade de poetas y escritores chiclayanos, sino, también, en el principio de un verdadero acontecimiento de cruzada por la protección de la naturaleza, de la magnitud que es importante generar en nuestros ciudadanos del hoy y del mañana. Por eso, en este trabajo -que congregó a la familia sanjosefina y al Club de Leones Los Parques de Chiclayo, básicamente-, se consigue, sobre todo, un fin fundamental: educar, a la sociedad lambayecana y nacional, en el amor por las entidades del espíritu y el valor de la defensa de nuestro planeta, modo sin precedentes en nuestro ámbito regional.

Benjamines Sanjosefinos -ya lo hemos referido-, consta de la recopilación -finamente realizada por Kathy Gonzáles y José Primo- de la presentación de los textos poéticos de los ganadores del concurso y, asimismo, de los más distinguidos de otros participantes. Y hay, en este libro, un par de aspectos muy bien definidos que es muy importante destacar: el aprobado manejo de la palabra poética, por un lado, y por otro lado, la competitividad creativa y la imaginación desplegada por sus pequeños autores. Prueba de ello son, sin ninguna duda, los textos ganadores, pero, de la misma manera, un gran número de los otros poemas de la compilación. Resultaría extendido, por no decir, improbable, hacer en una sola nota, el comentario crítico adecuado, conveniente, oportuno, de los textos de los benjamines líricos sanjosefinos, pero, la percepción caótica de un mundo industrializado y postmoderno, el daño irreparable de la mano del hombre sobre la creación, las consecuencias funestas para la supervivencia de los seres vivientes por acciones de profanación, corrupción y contaminación del hábitat, así como, -antagónicamente-, la protesta contra la inversión del proceso de surgimiento y desarrollo de las fuentes de vida, la identificación con los planes, propósitos y acciones a favor de protección del ecosistema, el canto a la paz, al equilibrio y la armonía del universo, la plegaria e invocación a Dios como salida a la situación crítica y la resolución problemática, y, en general, el grande amor por la naturaleza y la creación, son temas recreados muy emotiva e ingeniosamente en el nuevo libro, y constituyen -junto a los recursos de estilo, todavía incipientes, y al lenguaje sencillo y directo, pero no por eso, falto de creatividad y de lirismo-, el a merveille (¡a maravilla!) bona fide (de buena fe) de la joven poesía sanjosefina, que nos hacen tener la certeza de que, así como nuestro mundo, todavía tenemos la oportunidad de creer y tener otras nuevas y grandes oportunidades, para ser de nuestro planeta el lugar, la parte del universo donde poder vivir en congruencia con todo lo existente. Para los benjamines del San José y para todos aquellos involucrados en esta magnifica tarea, muchas felicidades, y que Dios y la Naturaleza os guarde.
Para ver el texto completo hacer click en el siguiente enlace:
Ecopoesía San José -2010 en PDF o en la imagen de la carátula:

domingo, 23 de enero de 2011

En el "Año del Centenario del Nacimiento de José María Arguedas Altamirano"

Pagando una deuda imposible.

Tomado de El País.
Por el escritor chileno ARIEL DORFMAN
.

Cien años han pasado desde aquel 18 de enero de 1911 en que vino al mundo el fundacional escritor
peruano José María Arguedas, un centenario que me permite, por primera vez, confesar que tengo con él una deuda que no acabo de pagar.

Muchos de los que tuvimos el privilegio y el goce de ser sus amigos tenemos una deuda parecida: este novelista y antropólogo que revolucionó el campo literario latinoamericano y modificó drásticamente la manera en que percibimos a los pueblos originarios del mundo terminó, desesperado y deprimido, suicidándose en Lima a la edad de 68 años -la misma edad que, extrañamente, detento yo ahora que por fin asumo públicamente la culpa personal que me toca en su prematura desaparición-.

Pese a que me llevaba más de tres décadas de ventaja, fuimos entrañables amigos. Gracias a los buenos oficios de Pedro Lastra, y de los Arredondo, la familia chilena de la mujer de José María, pude intimar con él después de haberlo leído con encanto y también con algo de desasosiego ante el abismo de perversidad que revelaba en un Perú que maltrataba y despreciaba a las candentes mayorías indígenas. Tuvimos largas conversaciones, lo escuché cantar huaynos en quechua, lo vi danzar hasta el amanecer, llegué a entrevistarlo varias veces y finalmente produje un ensayo sobre su obra que él refrendó, y esa empatía mía con su literatura y persona lo llevaron a llamarme hermano, parte de la misma lucha por la belleza y la justicia y la verdad.

Apreciaba mis opiniones. No lo digo para vanagloriarme, sino porque es indispensable para asomarse al desenlace de nuestra relación. Apreciaba mis opiniones, repito, y fue por eso que, en octubre de 1969 -¿o puede haber sido en septiembre o a principios de noviembre?- me avisó de que venía a Santiago y que quería verme, “por algo importante”.

Lo que le desvelaba, me explicó, cuando finalmente nos encontramos, era su nueva novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo, aún inconclusa. Necesito saber lo que piensas, Ariel. No se asemeja a nada que haya escrito antes.- Y me pasó un grueso manuscrito, pidiéndome que lo leyera pronto para que pudiéramos conversar antes de su retorno al Perú.

Me pasé los días siguientes, y buena parte de las noches, sumergido en las arenas de ese libro monumental. Mi primera impresión fue de espanto: comenzaba José María por advertir al lector, en un diario de vida que no tenía nada de fingido, que recientemente había tratado de suicidarse. Similares revelaciones sobre su crisis, su incapacidad de seguir escribiendo, se reiteraban en el resto de la novela, cuyo núcleo central, sin embargo, estaba constituido por una ardua y alucinada narración sobre Chimbote. Me sentí atraído -no lo pude evitar- más por el dolor lúcido del amigo fidedigno e histórico que por los personajes que deambulaban por un puerto degradado y a la vez mítico, una insaciable ciudad de pescadores en que figuras legendarias se cruzabancon locos y prostitutas y enviados del imperio y migrantes de la sierra. Si entendía demasiado bien lo que pasaba con mi querido José María, sus hombres y mujeres ficticios carecían, en cambio, de la envergadura emocional de sus escritos anteriores y la prosa en que respiraban me pareció desconcertante, opaca, enmarañada. Algo que siempre me había fascinado de Arguedas era su estilo espléndido, fruto, como su vida misma, de su ser mestizo, su existencia precaria a horcajadas entre dos mundos, el blanco y el indio, forjando en el lenguaje mismo un modelo de cómo la cultura autóctona podía revertir el sentido y flujo de la conquista, podía apoderarse de la palabra. En todos sus libros precedentes había construido una sintaxis deslumbrante, tensionada entre la luz y la oscuridad, la alegría y el desconsuelo, permitiendo que sus lectores se asomaran, sin dejar el castellano, al mundo andino prohibido y ultrajado. Leerlo siempre había sido, por lo tanto, una experiencia inolvidable y única.

Pero Arguedas, aparentemente, había llegado a la conclusión de que era una experiencia demasiado cómoda, hasta acomodaticia. Porque en la novela de los zorros abandonaba toda pretensión de que se lo entendiera con claridad, entorpecía ese placer transcultural, había decidido salirse de las fronteras habituales de lo reconocible para un lector sumido, como yo, en la tradición occidental y moderna. Era, para ser franco, una novela quechua y, para mi mala fortuna, me sentí extranjero, dislocado, en ese mundo.

Se lo dije. Haberlo callado hubiera sido más piadoso con un hombre que sufría una depresión psicológica tan catastrófica; más piadoso, sí, pero indigno de él y de nuestra relación basada en la lealtad y la transparencia. Le conté, entonces, durante una larga tarde que pasamos, recuerdo, al interior del auto que mi padre me había prestado para que lo visitara, desmenucé lo que me había conmovido en su obra nueva y también lo que estimaba confuso y enrevesado, aquello que necesitaba -sí, eso es lo que le dije yo, a los 27 años de edad, a este magnífico escritor que había hecho cantar a los ríos y era hermano de las montañas- más trabajo, más coherencia, más organicidad narrativa.

Si le dolió mi opinión, fue demasiado gentil para hacérmelo saber. Dijo que tomaría en cuenta esos comentarios, y que le había dado mucho que pensar. Y nos despedimos con el abrazo de siempre, como si nada.

Unas semanas más tarde, un mes más tarde, más tarde, más tarde, demasiado tarde y demasiado temprano, a fines de noviembre de 1969, me llegó la noticia de que se había disparado un tiro en la sien en la Universidad Agraria de Lima. Recordé algo que me había susurrado en alguna lejana madrugada: “Si no puedo escribir, mejor es no estar vivo”. En efecto, había completado su novela con su propia muerte.

No soy tan arrogante como para pensar que si le hubiera alabado, ay, si le hubiera entendido, su texto, podría haber evitado su sacrificio. Pero de todos modos me reproché entonces y me seguí reprochando durante décadas el hecho de que no me rajé el corazón, no abrí los ojos hasta el cielo, no me desgarré el alma, no salté el despeñadero que nos separaba. No supe estar a la altura de su visión y su amistad, no fui capaz de aceptar con humildad el regalo híbrido y ambicioso y trastornante que me estaba ofreciendo a mí y al mundo.

Pero el centenario de su nacimiento no debería ser ocasión únicamente para expiaciones. Debe ser, ante todo, una celebración, el recuerdo de que su obra y su vida se fundaban en una apuesta primordial: que la cultura de los Andes -imbuida de amor a la naturaleza, moral y estéticamente superior a quienes la sojuzgaban- era capaz de salvar a la humanidad contemporánea presa de un progreso avaro e insensato que se erige sobre la explotación de la tierra y de nuestros semejantes, la apuesta todavía vigente de que hay otra humanidad posible.

¿Hay alguien más vivo que Arguedas hoy? ¿Hay alguien más relevante en este tiempo en que la especie se encamina hacia el apocalipsis? ¿Hay alguien que escribió con más lucimiento y grandeza sobre lo que significa vivir y morir y sobrevivir en nuestra encrucijada inacabable?

Tengo una deuda contigo, José María. Lo que he descubierto, ahora que tengo la edad tuya cuando nos dejaste, es que es también una deuda que tenemos todos, he descubierto que nos toca volver a leer los profundos ríos de tu literatura para rescatarte, esta vez sí, de la muerte que dicen que te devoró.

Ariel Dorfman es escritor chileno. Su última novela es Americanos: los pasos de Murieta

jueves, 20 de enero de 2011

Murió Luis Jaime Cisneros

La intelectualidad peruana está de luto. Al medio día de hoy murió en la clínica Ricardo Palma Luis Jaime Cisneros, el escritor, el letrado, el ex integrante de la Academia de la Lengua, el pensador y por encima de todas las cosas el docente universitario, identificado plenamente con la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), donde es considerado como un mito. Y murió a los 89 años en su ley, rodeado hasta sus últimos días de sus libros, preparando dos obras que debían ser publicadas próximamente y rodeado de sus familiares, especialmente de sus nietos a quienes amaba entrañablemente.

Se fue el gran Luis Jaime, el recitador de la voz susurrante por un problema en las cuerdas vocales, el visionario que veía desde 1986 solo con su ojo derecho por habérsele enceguecido el izquierdo, el escritor iluminado, el profesor del Departamento de Humanidades de la PUCP, el apreciado decano de la Facultad de Letras que recibió las Palmas Magisteriales y tres veces el Premio Nacional de Cultura y encandilaba a sus alumnos con sus clases sabias preparadas con esmero y siempre con anticipación porque quería que lo entiendan. “Si no comprendes no puedes explicar lo que comprendes, para qué diablos hablar con el otro”, decía. En una entrevista que le hizo El Comercio confiesa que quiso ser neurocirujano porque “el cerebro siempre me ha atraído, por eso nunca me interesó la política porque para ser político no hay que tener cerebro”.

Su padre Luis Fernando, fue director del diario La Prensa y fue deportado a Argentina por lo que él y sus hermanos tuvieron que estudiar en esa nación. Decía que las cosas que más detestaba eran la impuntualidad, la improvisación y la educación.

Con su muerte se va un gran intelectual pero quedan sus enseñanzas, sus libros y, lo más valioso, su ejemplo. Las aulas de la PUCP se quedarán vacías por su ausencia y en silencio porque nunca más se oirá el susurro de su voz, pero sí llenas de sus recuerdos. Que descanse en paz.

Tomado en línea de

http://herberthcastroinfantas.wordpress.com/2011/01/20/murio-luis-jaime-cisneros/